El algarrobo ha formado parte del paisaje mediterráneo durante siglos y actualmente vuelve a despertar interés por su valor agrícola, ambiental y alimentario.
El algarrobo (Ceratonia siliqua L.) forma parte del paisaje agrícola mediterráneo desde hace siglos. En España, su cultivo se consolidó especialmente en las zonas litorales y prelitorales, sobre todo en la Comunidad Valenciana, Cataluña, Baleares, Murcia y algunas áreas de Andalucía. Tradicionalmente, fue un cultivo muy ligado al secano y a los terrenos pobres, donde otros frutales ofrecían menos garantías. Durante mucho tiempo, la algarroba tuvo un gran valor como alimento para el ganado y, en épocas de escasez, también como recurso alimentario para lapoblación. Además, su larga presencia en el territorio ha dado lugar a numerosas variedades locales y a un importante patrimonio agrícola y cultural.
Con el paso del tiempo, la mecanización del campo, la reducción del uso de animales de labor, la urbanización del litoral y la baja rentabilidad de muchas explotaciones tradicionales provocaron un fuerte retroceso del cultivo. De hecho, la superficie cultivada descendió notablemente a lo largo del siglo XX. Sin embargo, en los últimos años el algarrobo vive una nueva etapa de interés. España sigue siendo uno de los principales productores mundiales y, según la bibliografía especializada más reciente, incluso ocupa una posición destacada en producción y exportación, con nuevas plantaciones más intensivas y mecanizables, especialmente en zonas de la fachada mediterránea. Este renovado interés se debe tanto al valor industrial de la semilla como al auge de la pulpa y la harina de algarroba en alimentación humana.
Del algarrobo se obtienen distintos productos. La pulpa del fruto se destina a alimentación animal, pero también a usos alimentarios cada vez más valorados, como la elaboración de harina de algarroba, empleada en repostería, panadería y como alternativa al cacao. Por su sabor naturalmente dulce, la algarroba también se ha utilizado para preparar sucedáneos de chocolate, jarabes, melazas y otros productos tradicionales. Además, la madera del árbol ha tenido usos artesanales y, desde el punto de vista ambiental, el algarrobo es una especie muy apreciada por su resistencia a la sequía y su adaptación a condiciones difíciles.
Uno de los productos de mayor valor es el garrofín, que es la semilla de la algarroba. Aunque representa aproximadamente una pequeña parte del peso total del fruto, su importancia económica es enorme. Del garrofín se extrae la llamada goma de garrofín o goma garrofín, un aditivo natural conocido como E-410, muy utilizado por la industria alimentaria como espesante, estabilizante y gelificante en productos como helados, salsas, cremas, productos de panadería y alimentos para mascotas. También tiene aplicaciones en los sectores farmacéutico y cosmético. Precisamente por este motivo, en la actualidad buena parte del interés comercial del cultivo se centra en la semilla, y no solo en la pulpa.
Este proyecto se desarrolla en la comarca del Campo de Cartagena y Mar Menor, formada por los municipios de Cartagena, San Javier, Los Alcázares, La Unión, Torre Pacheco, San Pedro del Pinatar y Fuente Álamo. En conjunto, este territorio cuenta con una población aproximada de 418.686 habitantes y una superficie de 1.855,14 km2.
La comarca comparte problemas agrarios y ambientales comunes. Entre ellos destacan la pérdida progresiva de los cultivos tradicionales de secano y la eliminación de grandes superficies de regadío ilegal en el Campo de Cartagena. En los últimos cinco años se han eliminado más de 9.000 hectáreas como medida para reducir la contaminación difusa del Mar Menor por fertilizantes agrarios. En un territorio de clima semiárido, esta situación obliga a buscar alternativas agrícolas más sostenibles y adaptadas a la escasez de agua.
En las últimas décadas, el paisaje agrario ha cambiado de forma notable. En las zonas llanas, muchos cultivos arbolados de secano fueron sustituidos por regadíos gracias al acceso al agua del trasvase. En las áreas de monte y ladera, en cambio, estos cultivos se abandonaron por su baja rentabilidad y por el pequeño tamaño de muchas explotaciones. Todo ello ha provocado una pérdida importante de biodiversidad y de los valores ambientales asociados al secano tradicional.
Esta evolución se observa con claridad en el municipio de Cartagena. Desde 2014, la superficie registrada de secano ha pasado de 18.614 hectáreas a solo 2.638 hectáreas en 2023. Estos datos reflejan una reducción muy acusada de la actividad agraria tradicional en la zona.
En este contexto, el algarrobo se presenta como un cultivo especialmente interesante. Es un cultivo de secano, productivo con escasa necesidad de agua y bajo mantenimiento. Además, aporta beneficios ambientales relevantes: favorece la biodiversidad, fija carbono y nitrógeno atmosférico, protege el suelo y proporciona recursos para la alimentación animal y humana.
Sin embargo, el algarrobo también se encuentra en retroceso. En Cartagena, en 2014 se contabilizaron 417 hectáreas de algarrobo en secano y 35 en regadío. En 2023, estas cifras descendieron a 150 hectáreas en secano y 32 en regadío.
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